Hacer la Revolución como un deber

Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en todas las circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la libertad. Fidel Castro.

…Quienes se pronuncian a favor del método de la reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social y en oposición a éstas, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente. En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad. Rosa Luxemburgo

Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan; alcémonos todos al grito: ¡VIVA LA INTERNACIONAL!: Así comienza la versión latinoamericana del himno más cantado por los revolucionarios del mundo a lo largo de la historia; es el Himno de la Internacional, hecho cuando aún daba sus primeros pasos la organización que de forma recurrente se ha empeñado desde 1864 en convocar a la lucha única y organizada a los revolucionarios del mundo, respondiendo al llamado que hicieran por primera vez Carlos Marx y Federico Engels en el Manifiesto Comunista: Proletarios de todos los países: ¡Únanse!

Hace poco más de diez años, caminando por una calle de Managua me llamó la atención en un gran muro, un rótulo en enormes letras negras con la famosa frase lanzada en 1848 por los dos primeros grandes maestros del movimiento revolucionario, pero con un lapidario apéndice entre paréntesis: Último aviso. Efectivamente, esta es la última oportunidad que tiene el proletariado (o lo que es igual, las clases populares) para emanciparse liberándose de la explotación que determina su existencia como clase oprimida y que es propia del capitalismo como sistema; y es la última porque ahora de eso depende la sobrevivencia de la especie humana, debido a que bajo las condiciones del capitalismo es imposible resolver la crisis ecológica que tiene a la humanidad al borde del precipicio; y con toda seguridad las dudas de todas las personas inteligentes y sin intereses que las aten a este sistema, desaparecieron entre la nieve de Copenhague con el acuerdo dictatorialmente impuesto por los países industrializados (causantes por eso mismo de la crisis ambiental)… ¡de limitar a un 2% el calentamiento global!, difícil de creer aún para quien como el que esto escribe, tiene muy clara la imposibilidad de que una crisis creada por la subordinación de la satisfacción de las necesidades a la acumulación y la concentración de las riquezas cuya creación sólo tiene sentido si es para la satisfacción de esas necesidades, sea resuelta por un sistema cuyo funcionamiento no tiene como objetivo esto último (la satisfacción de las necesidades), sino lo primero (la acumulación y la concentración de la riqueza); difícil de creer, porque los firmantes del acuerdo están bien enterados de que ya ese 2% de calentamiento global significa una catástrofe nunca antes vista en todo el planeta, que puede evitarse. Pero también saben que para impedir el cambio del clima, hay que cambiar el sistema; y por estúpido que sea, prefieren poner en riesgo a la humanidad (incluidos ellos, obviamente) antes que hacerlo con el sistema que les proporciona los privilegios sin los cuales para ellos, la vida no tendría chiste; y es ahí donde la estupidez comienza a tener sentido: son sus intereses de clase. Como señaló Lenin, un conocido aforismo dice que si los axiomas geométricos chocasen con los intereses de los hombres, seguramente habría quien los refutase;3 a lo que debería agregarse (en la profana opinión de este seguidor suyo) que si esos intereses fueran los de las clases dominantes, esa refutación sería asumida por la mayor parte de la gente como una verdad absoluta.
El mundo actual tiene tres características que es preciso señalar aquí: primero, en él las distancias han desaparecido gracias a la actual tecnología de la comunicación que ha surgido como parte de lo que se conoce como la revolución electrónica; debido a lo cual ahora es más fácil que nunca (y es políticamente mortal no hacerlo) decir y hacer cosas a nivel mundial, como consecuencia de la facilidad con que se pueden comunicar entre sí las personas independientemente del lugar donde se encuentren. Segundo: producto de lo anterior, en la actualidad se ha reducido de forma dramática la cantidad de personas necesarias para desempeñar una cantidad creciente de labores productivas y en el ámbito de la economía en general y de la burocracia, entrando con esto en crisis las relaciones laborales de tipo salarial y por tanto, la intermediación económica ejercida como poder dominador por los propietarios de todo tipo (incluyendo el Estado, pero solamente en su condición como propietario de medios de producción y no en su condición como maquinaria de dominación política) entre el trabajador que produce y crea directamente los bienes materiales y la riqueza (respectivamente) por una parte, y por otra los bienes creados y la riqueza producida; resultado de lo cual, también la intermediación en general ha entrado en crisis, incluyendo la de tipo político y con ella, el sistema democrático representativo en el que la intermediación – ejercida por los representantes electos – entre el soberano representado y las decisiones que como tal le correspondería tomar se manifiesta como manera de ejercer el poder; surgiendo de la combinación entre la nueva realidad surgida de la fluidez de las comunicaciones y la información por una parte y la crisis de la intermediación económica por otra, la transformación del predominio del capital financiero sobre el capital industrial que anunciaba – identificada por Lenin – el inicio de lo que el líder de la primera revolución socialista caracterizó como la fase imperialista de desarrollo del capitalismo, en sustitución de la producción material de bienes materiales por la especulación financiera como principal manera de crear riquezas en lo que se conoce ahora como la globalización y que es una etapa nueva de desarrollo del capitalismo en su fase imperialista, determinada por el hecho de que la presión ejercida por el flujo del capital financiero en detrimento del peso que tiene en la economía la producción material – que sin embargo y contradictoriamente, continúa siendo por su naturaleza misma la base fundamental de la existencia y el desarrollo de la sociedad humana – lleva a la eliminación de las barreras arancelarias como forma de que el libre flujo de las mercancías desarrolle una tendencia hacia un equilibrio – que sin embargo, nunca llegará porque la tecnología ha puesto a sus creadores a trabajar para ella en tanto que ésta es fuente de acumulación capitalista – entre mercancías producidas y dinero sin respaldo material (que ya había sido suprimido a inicios de los setenta con la eliminación del patrón oro como criterio de valor del dólar, preparando el terreno para lo que vendría después); apareciendo así una nueva y cuarta gran contradicción en el capitalismo, entre el carácter de la producción material como base del desarrollo social y la especulación financiera como principal manera de crear riquezas (la contradicción específica de la globalización), la cual es de carácter terminal4 y es la que se manifiesta en la crisis actual, uniéndose al resto de contradicciones del sistema: la principal de ellas (de carácter crítico), entre el carácter social de la producción y el carácter privado de su apropiación; a la contradicción crítica, propia del imperialismo, entre el carácter nacional de la concentración de las riquezas y el carácter mundial de su producción material y creación en general, y de la actividad económica que las hace posibles; y a la contradicción terminal de más largo plazo en el capitalismo: entre lo limitado de los recursos materiales y lo ilimitado de la acumulación propia de dicho sistema, que se convierte en el objetivo con el cual se satisfacen las necesidades en lugar de ser al contrario: que la satisfacción de las necesidades sea el objetivo (y por tanto el límite) de la acumulación. Y tercero: producto de todo lo anterior, el sistema capitalista atraviesa una crisis cuya principal expresión es económica y financiera, ante cuyos efectos están expuestos todos los países del mundo porque su naturaleza es tan mundial como el sistema que la origina. De ello resulta que así como las relaciones de producción feudales eran incapaces de desarrollar el potencial productivo surgido de la revolución industrial al ser expulsada una gran cantidad de fuerza laboral de la vida económica y por tanto, de la vida misma – siendo por tanto sustituidas tales relaciones por las de tipo capitalista –, así mismo ahora el capitalismo no puede echar a andar el potencial productivo desatado por la revolución electrónica, que ha expulsado también una fuerza laboral gigantesca de la economía formal; y solamente el socialismo, por tanto, puede resolver la crisis actual debido a que su propio carácter – por tener como base la propiedad social sobre los medios de producción – hace posible que la mano de obra excluida del sistema pueda ser puesta productivamente en funcionamiento, pero no ya para alimentar un desarrollo económico que se ha vuelto irracional al ser subordinada al mismo la naturaleza humana de la existencia social, sino para que, estos nuevos actores hagan uso de su nueva condición de sujetos económicos mediante el ejercicio directo de la propiedad social sobre los medios de producción, de igual forma que los ciudadanos como nuevos sujetos sociales pasan a ejercer el poder de forma directa en el socialismo que surgirá de la nueva época revolucionaria, sin la intermediación política como mediatización de su voluntad en acción y por tanto como manifestación del poder.

En síntesis, el mundo vive en la actualidad una revolución tecnológica (la revolución electrónica) de igual importancia que la revolución industrial, y esta nueva revolución trae consigo la desaparición de la intermediación como forma de ejercer el poder político y económico, pero también crea un mundo globalizado integrado por sujetos interconectados y una crisis sistémica mundial de grandes dimensiones que requiere una respuesta revolucionaria igualmente mundial. De ahí la necesidad de organizar la Quinta Internacional que agrupe a las fuerzas políticas y sociales organizadas que tienen como razón de ser la transformación revolucionaria de la sociedad mediante la sustitución del capitalismo por el socialismo.
Desde Lenin se sabe que la revolución se hace en tanto se lucha por ella en todo momento y es posible en la medida en que con esa lucha se crean, desarrollan o se está en capacidad de identificar las condiciones que la hacen triunfar; de ahí surge la transformación de la revolución como una oportunidad en la revolución como un deber, que se plasma en la Segunda Declaración de La Habana cuando en ella se dice que el deber de todo revolucionario es hacer la revolución.5 Y si hay un momento en el que la revolución está a la orden del día sin discusión sobre si puede hacerse en cualquier momento o sobre si es o no un deber, es el de la crisis del sistema cuya sustitución por otro es el objetivo de la revolución, tal como la que tiene lugar actualmente. Por otra parte, si no fuera para hacer la revolución, el poder no tendría sentido para un movimiento revolucionario, pues éste es un medio indispensable para ello, pero cuyo uso sólo se justifica por este motivo, debido a que el poder surgió para oprimir y a eso responde su naturaleza misma, por lo cual es tan indispensable como indeseable para el propósito antes planteado. A esto obedece que si el poder se ejerce sin hacer la revolución, surge la frustración por las expectativas creadas, se crea el desconcierto, la conciencia se desmorona a nivel masivo, y los revolucionarios se dividen: unos a favor y otros en contra de que se esté haciendo algo que no se corresponde con un programa revolucionario. Con más razón aún, no tendría sentido ejercer el poder en un momento de crisis del sistema, si no fuera para cambiarlo por otro, pues de lo contrario a los revolucionarios correspondería resolver la crisis para el sistema y pagar su costo, pues al hacerlo de esta manera no habría ni quien nos diera las gracias. La crisis debe resolverse, pero contra el sistema; la solución de la crisis por la izquierda, sólo puede ser revolucionaria. La Revolución Bolivariana es el mejor ejemplo de lo que se puede hacer contando tan sólo con el gobierno como principal expresión política institucional del poder, como sucedió al comienzo del proceso iniciador e impulsor del renacimiento revolucionario en América Latina que ha hecho de esta parte del planeta la primera línea de fuego por la revolución mundial. Pero actuar a nivel estratégico frente a la crisis del capitalismo para hacer surgir de ella un proceso revolucionario a nivel mundial, es algo que no se puede hacer sin una coordinación estrecha para el análisis y la acción, entre todas las fuerzas revolucionarias del mundo, con un sentido de compromiso y disciplina. Avanzar por ese camino y por tanto, continuar en ofensiva revolucionaria intensificando aún más y expandiendo la que se vive en América Latina dentro del propio continente donde ha tenido lugar y en el resto del mundo, sólo será posible pensando globalmente y actuando localmente (como dice la consigna altermundista), porque así cada uno actuará en la misma dirección en que lo hagan los demás a nivel mundial. Y avanzar de ahora en adelante, sólo será posible a nivel mundial, porque es mundial el problema que debe ser resuelto por el movimiento revolucionario, y esto sólo podrá hacerse con el nivel de articulación, la unidad en la acción y la disciplina que únicamente son posibles con una organización mundial de partidos revolucionarios, como solamente podría serlo la misma que ha existido en cada época histórica que así lo ha demandado, adoptando en cada momento las modalidades que cada época ha requerido; siendo en esta época esa demanda más urgente que nunca por las razones ya señaladas: la Internacional.

De la Primera a la Cuarta Internacional.

Por la Internacional se ha conocido históricamente la organización mundial que ha aglutinado a diversas expresiones orgánicas del movimiento revolucionario, desde que la utopía de una sociedad sin desigualdades sociales (dividida entre explotados y explotadores) sustituyó a la de una sociedad sin desigualdades estamentales (dividida entre nobles y vasallos), luego de que ésta quedó frustrada por las injusticias sociales que caracterizan al capitalismo, modo de producción determinado por la incapacidad de las relaciones económicas feudales (entre los propietarios de la tierra o señores feudales – dueños del feudo o gran extensión de tierra bajo su total dominio – y los siervos que trabajaban en ella a cambio del derecho a cultivar para sí mismos una pequeña parcela, propiedad del señor feudal) para propiciar el desarrollo del potencial productivo surgido con la invención de las máquinas para la fabricación de productos en serie y activadas por energía no humana (primero el vapor y el carbón, y luego el petróleo y sus derivados) en lo que se conoció como la revolución industrial, a la cual se ha hecho referencia antes.
El capitalismo fue entonces la realidad socioeconómica y política que surgió de la necesidad histórica planteada por la revolución industrial y que a su vez determinó el surgimiento de las ideas que justificaban el advenimiento de ese sistema, pero no presentándolo como en realidad sería, sino como sus primeros ideólogos esperaban que fuera: como una sociedad en la cual la libertad, la justicia y la prosperidad regirían la vida de los seres humanos, a partir del libre mercado que era en esa época una bandera revolucionaria frente a la existencia de privilegios económicos definidos según el linaje familiar, originándose tal diferenciación en guerras por territorios, acontecidas siglos atrás.
La realidad del capitalismo hizo que el ideal libertario y humanista encarnado en la Revolución Francesa fuera asumido por un nuevo paradigma revolucionario, desplazándose el foco ideológico de la libertad hacia la igualdad como condición de la primera, pero sin que por ello quedara resuelta la contradicción entre ambas, que plantearía futuras tensiones al ideario socialista que sustituyó al liberal en el imaginario de la lucha revolucionaria a nivel mundial, producto de lo cual debería plantearse un nuevo ideal revolucionario que pudiera superar esa contradicción, tanto desde los experimentos sociales en marcha antes de la crisis soviética (que hizo sucumbir el modelo correspondiente ante esta contradicción) como también a partir de un nuevo intento de aplicar, tomando en cuenta la experiencia fallida, los principios teóricos surgidos de la evolución del pensamiento revolucionario, creando a la vez en ambos y todos los casos posibles la nueva teoría que, sin desligarse de los indispensables aportes de la existente con anterioridad – y más bien partiendo de ellos –, responda a las nuevas realidades.

La Internacional ha sido pues, la expresión mundial de la lucha revolucionaria a partir del ideal socialista de la igualdad entre los seres humanos. Su primera versión aparece en 1864 y tiene como principal punto de referencia el primer intento de revolución socialista en la historia: la Comuna de París, aunque los sucesos relacionados con este hecho histórico estuvieron poco vinculados en realidad con la acción de la Internacional, y fueron más bien sus integrantes menos influyentes y otros revolucionarios que no pertenecían a ella, quienes estuvieron al frente de esta experiencia, de la cual Carlos Marx – pese a haber dicho con anterioridad a los acontecimientos, que el levantamiento armado de los obreros parisienses (que los llevaría al poder por poco más de dos meses) no tendría buen final – extrajo conclusiones que incluso, modificaron su teoría política de forma decisiva, llegando a la conclusión de que las clases explotadas no solamente debían apoderarse de la máquina burocrática del Estado para ponerla a su servicio, sino destruirla y sustituirla por otra, nueva y adecuada al proyecto social propio de ellas y en correspondencia con sus intereses.6 Pero esa conclusión no surgió de un análisis de los errores, sino de lo que él consideraba los aciertos de la Comuna. Es decir, en vez de cuestionar (desde ese pedantismo académico típico de tantos intelectuales de izquierda) a los comuneros (cuyos dirigentes le adversaban en muchos aspectos) los elogió, los apoyó y sin dejar de señalar lo que él veía como sus fallas, en lugar de aprovechar la derrota de ellos para afirmar la validez de los planteamientos de él, reconoció que su pronóstico no estaba bien fundamentado, afirmando que la Comuna no cayó por las razones que él había expuesto – según las cuales ni siquiera debía haber triunfado –, y que tenía muchas más cosas por aprender de los comuneros, que cosas por enseñarles; lo cual puede servir de referencia a quienes no habiendo hecho nunca una revolución o habiendo renunciado a hacerla, se dedican a atacar en nombre de las ideas revolucionarias, a quienes las hacen.
Y fue precisamente la discusión que surgió sobre el fracaso de la Comuna, el factor decisivo que llevó a la disolución en 1876, de la Primera Internacional, cuyo nombre oficial era Asociación Internacional de los Trabajadores y cuyos principales ideólogos y dirigentes eran Carlos Marx y Federico Engels. Esta fue la Internacional de la etapa clásica del capitalismo, cuando imperaba la libre competencia como regla principal de las relaciones económicas y cuando la explotación que es propia de este sistema se mostraba en su versión más descarnada aún en los países industrializados (y principalmente en ellos), con jornadas laborales de catorce horas por salarios que solamente – y difícilmente – permitían la sobrevivencia física de los obreros.

La Segunda Internacional surge en 1889, fundada entre otros por Federico Engels y Carlos Kautsky. Su nombre oficial fue Internacional Socialdemócrata, siendo esa en aquel entonces, la denominación política del movimiento revolucionario. Luego, al enfrentarse esta Internacional a comienzos del siglo XX (ya fallecido Engels) al surgimiento del imperialismo (caracterizado por Lenin como la fase superior del capitalismo, visión con la que posteriormente se identificará Augusto C. Sandino y que ejercería gran influencia en su formación revolucionaria)7 y más concretamente al estallido de la Primera Guerra Mundial como expresión de la nueva época, no logró dar una respuesta cohesionada al fenómeno y en su interior los partidos más influyentes optaron por la claudicación ideológica ante el sistema, apoyando por razones electorales a sus correspondientes países en la también llamada Gran Guerra; de donde surgió la actual versión reformista de la socialdemocracia (reformista al sustituir el cambio de sistema como objetivo, por la reforma del mismo – primero planteada como forma menos brusca y más viable de llegar al cambio de sistema, y luego como objetivo final de sus promotores, tal como lo pronosticaron Lenin y Rosa Luxemburgo, principales exponentes de las posiciones revolucionarias dentro de esta Internacional –). La polémica que entonces se produce entre reformistas y revolucionarios continúa vigente y es fundamental en la batalla ideológica por la transformación revolucionaria de la sociedad, pues la revolución como un proceso permanente siempre se encuentra enfrentada a situaciones que llevan a una parte del movimiento revolucionario a deponer sus banderas ante el sistema, justificando tal conducta con la supuesta mayor viabilidad de una ruta reformista hacia un cambio indefinido en un futuro incierto; cambio que ni al comienzo ni al final es el del sistema, sino el de ciertos aspectos superficiales de éste; es decir, no suprime las causas de los problemas sociales, sino algunos de sus más visibles efectos, lo que contribuye a la prolongación del sistema – cuya existencia misma determina la de los problemas sociales en cuestión –, debido a que retrasa el cuestionamiento generalizado al mismo como producto de la disminución de lo intolerable en que se termina convirtiendo la vida para cantidades suficientes de personas como para hacer insostenible el orden de cosas vigente.

Al romper Lenin y los revolucionarios consecuentes de la época con el reformismo que terminó imponiéndose en la dirección del movimiento socialdemócrata, y luego de triunfar en Rusia la primera revolución socialista de la historia en 1917 (dirigida por él), se funda la Tercera Internacional o Internacional Comunista en 1919, a la cual correspondió la defensa internacional de la Unión Soviética y la organización de la lucha revolucionaria por el socialismo en el mundo, en las condiciones marcadas por el establecimiento de la fase imperialista de desarrollo del capitalismo, con la resultante transformación de la división social entre seres humanos explotados y explotadores dentro de cada país, en división mundial entre países explotados y explotadores, trasladándose el escenario de la revolución, de los países industrializados – cuya clase obrera pasa a recibir beneficios de la explotación ejercida por sus países sobre otros – a los países agrarios – donde por ello las clases populares sufren una doble explotación (como en su momento lo expresara Sandino):8 la ejercida por los explotadores locales y la que ejercen los monopolios imperialistas –.
La presencia de cuadros enviados por la Internacional Comunista en el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua a finales de los años veinte es un factor que influye en la evolución del pensamiento revolucionario del prócer nicaragüense. Entre esos cuadros se distingue Farabundo Martí, Secretario personal de Sandino, quien es conocido mundialmente como el General de los hombres libres al referirse a él en estos términos uno de los más destacados dirigentes de la Tercera Internacional, el comunista francés Henry Barbusse. La guerra que entonces se libraba en Nicaragua constituyó uno de los dos hechos históricos que inauguraron la época de las revoluciones de liberación nacional como expresión fundamental de la revolución socialista (el otro fue la Revolución China dirigida por Mao Tsé-tung, que ya estaba en marcha por entonces y terminaría triunfando en 1949); lo cual responde al cambio del escenario revolucionario mundial, ya explicado antes.

Como parte de lo antes dicho, Sandino hace un llamamiento a los obreros de América Latina, a integrarse en la Confederación Sindical Latinoamericana, brazo sindical en nuestro continente de la Internacional Comunista, asume como propias las resoluciones del Congreso Mundial Antimperialista de Francfort,9 convocado por la Internacional; y según narra Ramón de Belausteguigoitia en su libro Con Sandino en Nicaragua, era usual escuchar las notas del himno de La Internacional en los campamentos del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.10 En determinado momento, como es sabido estos cuadros se separan de Sandino, lo cual ocurre como producto de orientaciones emanadas del Partido Comunista Mexicano en lo que fue un comportamiento extremadamente sectario de éste. Tales orientaciones fueron cuestionadas en el seno de la Internacional, a pesar de que con ellas los comunistas mexicanos creían estar cumpliendo con la nueva línea vigente en la organización mundial, que definía la estrategia de clase contra clase, significando esto que los partidos comunistas debían romper con todo aquello que no significara un compromiso con el socialismo; compromiso que sin embargo existía en Sandino, quien se encargó de dejar claro que nunca tuvo disputas ideológicas con sus ex compañeros, en este caso Farabundo Martí,11 con cuyas ideas aclaró que siempre estuvo de acuerdo,12 y a quien con motivo de su muerte en la insurrección campesina de su país, rindió homenaje en acto cuyas fotos han sido recientemente desenterradas del olvido por su nieto, Walter Castillo y publicadas en el libro de Sandino recientemente editado por la Fundación que dirige Castillo, y que Sandino mismo orientó publicar bajo el irónico título El bandolerismo de Sandino en Nicaragua.
Llama la atención el hecho de que el triunfo en China, de la primera revolución socialista después de la Revolución Rusa, ocurriera hasta seis años después de disuelta la Internacional Comunista o Tercera Internacional en 1943, oficialmente como producto de la “madurez de los partidos comunistas”, pero en realidad como resultado de un compromiso de Stalin con sus aliados capitalistas contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. La Internacional fue sustituida entonces por una combinación de la llamada comunidad de países socialistas – que en gran medida surgió como producto de la liberación por el Ejército Soviético, de los países de Europa del Este de la ocupación alemana –, las conferencias mundiales de los partidos comunistas y sobre todo, el Pacto de Varsovia (alianza militar entre los países socialistas de Europa, y contraparte de la OTAN). Incluso antes, la primera revolución socialista de la historia triunfó cuando ya la Internacional de la época (la Segunda) se había desintegrado. Pocos años después de la Segunda Guerra Mundial se integraron a la comunidad de países socialistas: China (antes de su ruptura con la Unión Soviética), Viet Nam, Laos y Cuba, países a los que el socialismo no llegó, sino que ellos llegaron al socialismo como producto de procesos revolucionarios autóctonos, luego del triunfo en ellos de las revoluciones de liberación nacional; igual que en el caso de Corea del Norte, que sin embargo siempre tuvo poca presencia internacional debido a su filosofía de la autosuficiencia, conocida como la idea Zuche.
La Cuarta Internacional fue organizada en 1938, en contra de la Tercera; y según sus organizadores en consecuencia con la línea de ésta hasta su Cuarto Congreso, que había tenido lugar en 1922. La razón argumentada por su fundador, León Trotsky, fue que la Tercera Internacional había dejado de ser la expresión organizada de la revolución socialista mundial para convertirse en un aparato burocrático al servicio de la diplomacia soviética, como expresión de lo que él consideraba como la degeneración de la revolución socialista en un Estado burocrático en la Unión Soviética, de donde fue expulsado luego de haber sido uno de los principales dirigentes de aquel proceso (principal jefe de la insurrección que tuvo como resultado la toma del poder por los bolcheviques – la fracción comunista dirigida por Lenin –, jefe de relaciones exteriores de la Rusia revolucionaria y luego, fundador y primer jefe de la Guardia Roja, luego llamada Ejército Rojo y por último, Ejército Soviético).

Al morir asesinado Trotsky en 1940, sus seguidores se caracterizaron por un comportamiento altamente polémico que los llevaría a sucesivas e interminables divisiones internas, lo cual no es ajeno a su concepción de que la revolución socialista debe ser mundial o no ser, y producto de ello esta Internacional no ha promovido una sola revolución en país alguno, precisamente por no concebirla dentro de las fronteras nacionales. Tal situación ha llevado a la inacción de sus integrantes, producto de que la ausencia de procesos revolucionarios a promover y defender los ha conducido a la sustitución de las tareas prácticas de la lucha revolucionaria por la polémica excesiva (ausencia de combinación entre teoría y práctica) que lleva al sectarismo, otra de sus características y origen del divisionismo que ha caracterizado a esta versión de la Internacional a lo largo de su trayectoria. Manifestación de ello es el hecho de que actualmente existen varias organizaciones mundiales – todas integradas por partidos que siempre fueron extremadamente pequeños – que se autoconsideran como la legítima Cuarta Internacional. Aún más, cada vez que surge un nuevo proceso revolucionario estos partidos se dedican a atacarlo, de forma tal que su actividad política está más orientada a esto que a combatir contra las fuerzas de la reacción a nivel mundial.
George Novack, en su libro La Primera y Segunda Internacional, dice:
Trotsky caracterizó el período de actividades internacionales de la clase obrera, realizadas durante la Primera Internacional, esencialmente como una anticipación. El Manifiesto Comunista fue la anticipación teórica del movimiento obrero moderno. La Primera Internacional fue la anticipación práctica de las asociaciones obreras mundiales. La Comuna de París fue la anticipación revolucionaria de la dictadura del proletariado.
Más tarde, Lenin caracterizó la Tercera Internacional como la Internacional de la acción, que empezó a poner en práctica la primera gran contribución de Marx a la teoría política: la idea de que la clase obrera tenía que luchar por establecer la dictadura del proletariado.
El puente histórico entre la Internacional de la anticipación y la Internacional de la acción fue la Segunda Internacional. Ésta puede caracterizarse brevemente como la Internacional de la organización, que puso en pie a amplias masas de trabajadores en numerosos países y los organizó en sindicatos y en partidos políticos obreros.13
Siguiendo esta lógica, la Cuarta habría sido la Internacional de la crítica, debido a que su fundamento fue el cuestionamiento (independientemente de qué tan acertadamente haya sido hecho) al rumbo (con toda certeza cuestionable) de la construcción del socialismo en la Unión Soviética con posterioridad a la prematura muerte de Lenin.

La necesidad – ya fundamentada arriba – de instaurar una Quinta Internacional debe tomar en cuenta la experiencia vivida por las anteriores versiones de la organización mundial de los revolucionarios. Alicia Sagra, en su libro La Internacional, plantea que la Primera Internacional fue un Frente Único, la Segunda una Federación de partidos socialistas, y la Tercera el primer Partido Revolucionario Mundial (…), que respondía a una nueva época, la época imperialista de lucha por el poder, la época de la Revolución Socialista, por eso no sólo tenía posiciones programáticas que respondían a esa tarea, sino también el régimen de funcionamiento necesario para ello: el centralismo democrático.14
En este sentido, la Cuarta Internacional habría sido el primer intento (aunque impotente y fallido) por retomar el rumbo revolucionario de ese partido mundial. Tanto la Primera Internacional como la Segunda, existieron cuando aún Lenin no había elaborado su teoría de la actualidad de la revolución, integrada por la teoría de la situación revolucionaria y la del partido de vanguardia, siendo desde entonces esta última, rectora del funcionamiento de todas las organizaciones revolucionarias del mundo (al menos las identificadas con el marxismo-leninismo, que obviamente no son sólo las que se autodenominan partidos comunistas; algunas de estas organizaciones han tenido que aplicar los principios emanados de la teoría leninista en condiciones diversas que han demandado de ellas un alto nivel de creatividad y flexibilidad).

La Quinta Internacional y la teoría leninista del partido de vanguardia.

La teoría leninista del partido de vanguardia plantea la necesidad de una organización política integrada o dirigida (según las circunstancias) por revolucionarios que hagan de tal condición su profesión y oficio (militantes o cuadros políticos – según el caso – a tiempo completo), lo cual responde a la necesidad de que esta organización actúe de forma permanente, promoviendo el cambio revolucionario cuando la situación revolucionaria esté planteada o haya sido creada por ella (cuando “los de abajo no quieran” y “los de arriba no puedan” seguir viviendo como hasta entonces, como diría Lenin).15 La situación revolucionaria puede surgir espontáneamente (caso en el cual el carácter espontáneo de tal situación puede ser relativo por responder posiblemente a un acumulado de trabajo político y organizativo de la organización política de vanguardia, o de lucha armada organizada por ésta como factor de motivación para la integración de una porción suficientemente significativa de la sociedad a la lucha contra el sistema); también puede darse como producto de la aceleración artificial por la vanguardia, del proceso social que conduce a ella; o puede ser totalmente creada por la vanguardia cuando sus acciones y el contexto en que éstas se dan así lo permite. Pero la situación revolucionaria sólo se convertirá en revolución si la vanguardia se encarga de que así sea, lo cual se corresponde plenamente con la importancia dada por los clásicos del marxismo al factor subjetivo en la realidad y el desarrollo sociales, después ignorada tanto por el dogmatismo revolucionario como por los ideólogos de la reacción.

La vanguardia es la organización política que constituye el motor de la revolución, debido a que la envergadura de lo que se requiere para hacerla triunfar implica una acción política bien organizada, en la que es un elemento fundamental la disciplina. De la teoría leninista del partido de vanguardia se deriva la concepción del centralismo democrático como rector de la vida interna de las organizaciones políticas de carácter revolucionario. El centralismo democrático consiste en trabajo, dirección y decisión colectivos; dirección y decisión únicas; responsabilidad individual; electividad y revocabilidad de los cargos con rendición periódica de cuentas; subordinación jerárquica (de los organismos inferiores a los superiores); derecho a la crítica interna y deber de la autocrítica.
Uno de tantos prejuicios antileninistas surgidos del colapso que sufriera el modelo conocido como socialismo real en su versión soviética y europea, es el de confundir la concepción de la organización política de vanguardia con el sectarismo y el dogmatismo que, estando presente en muchas organizaciones de izquierda por razones que trascienden el contenido de este artículo, han hecho que en éstas se desarrolle el culto de la personalidad, el autoritarismo y la tendencia a la sustitución de las clases populares en la lucha revolucionaria o en el ejercicio del poder, en nombre de los intereses superiores de las mismas. Pero la concepción de la vanguardia – ya detallada con anterioridad – surge del carácter desigual del desarrollo en general, y se explica filosóficamente por la ley dialéctica de la unidad y lucha de los contrarios: la necesidad histórica de los cambios sociales determina la existencia de sujetos portadores de los cambios históricamente necesarios, pero tales sujetos – que reflejan la realidad de la cual forman parte, confrontándose con ella –, por ser quienes escapan a la hegemonía ideológica ejercida por el grupo social dominante, son minoría cuando aparecen como primeros síntomas de los cambios que la realidad social y la historia demandan; y son por tanto, la vanguardia de la lucha por esos cambios siempre que se aglutinen y organicen debidamente en función de éstos. Su misión histórica consiste por consiguiente, en educar ideológicamente al sujeto de los cambios que en esa medida se integrará en su seno, y conducir políticamente el proceso que a dichos cambios corresponde para orientar estratégicamente el rumbo de las transformaciones revolucionarias que tendrán lugar como consecuencia de ello.

De igual manera y con origen en el mismo fenómeno, la concepción leninista de la vanguardia se ha estigmatizado por las características concretas de las organizaciones que hicieron suya esta concepción; características que en gran medida responden a las circunstancias específicas en que surgieron y han debido actuar estas organizaciones. En otras palabras, se ha confundido la concepción de la vanguardia con algunas de sus variantes; en parte por ser éstas las que adoptó el partido revolucionario cuyo origen fue precisamente la formulación por Lenin de la teoría del partido de vanguardia.

Esta variante es la de una vanguardia vertical hacia adentro (en la que el derecho a la crítica está limitado al seno de la organización o en la que el derecho a emitir opinión está limitado al momento en que aún la organización política no ha asumido una posición oficial respecto al tema respecto al cual se ejerce tal derecho) y cerrada hacia afuera (en la que no puede entrar todo el que quiera). Pero esta variante (independientemente de en qué casos se haya justificado y en qué casos no sea así) no tiene por qué ser considerada como inherente a la condición de vanguardia que es propia de una organización política consecuentemente revolucionaria, la cual puede por tanto ser también horizontal hacia adentro (en la que la crítica se pueda ejercer públicamente y en la que pueda emitirse opinión distinta a la de la organización política sobre temas acerca de los que por tanto ya ésta haya tomado posición, o bien la primera de estas prerrogativas) y abierta hacia afuera (a la que pueda pertenecer todo el que lo desee). Otro criterio para definir como vertical u horizontal una organización de vanguardia podría ser el método de selección de sus militantes cuando existen diferentes categorías de miembros: sería vertical en el caso de que los militantes sean seleccionados por la dirigencia (como ocurría en el FSLN en la década de los ochenta), y abierta cuando tal condición sea opcional de cada miembro (como pasó a ser en el mismo partido desde 1994 hasta que desaparecieron las dos categorías), habiendo un punto intermedio en caso de que los militantes sean electos por el organismo de base al que les correspondería pertenecer, tal como ocurre en el Partido Comunista de Cuba.

Lo dicho aquí sobre el tema de la vanguardia es válido para la condición de vanguardia como carácter de la organización política (caso en el cual se trata de una organización de vanguardia), y no solamente para tal condición en el sentido de la capacidad de conducción política, liderazgo e influencia que la organización de la cual se trate haya podido desarrollar en cada momento histórico en el seno de la sociedad a la que pertenece (caso en el cual la organización en cuestión sería no solamente de vanguardia, sino también la vanguardia).

Se ha hecho hincapié en este tema de la teoría leninista de la vanguardia y el centralismo democrático con el objetivo de desbrozar el camino que conduce hacia una propuesta concreta sobre el carácter que debería tener – en consecuencia con su necesidad – la Quinta Internacional. Según lo dicho anteriormente acerca de las características del mundo actual que demandan la existencia de una organización revolucionaria a nivel mundial, ésta sería históricamente el partido mundial del movimiento revolucionario, por segunda vez constituido pero luego de una primera experiencia y en circunstancias distintas a la primera.
Un elemento importante a tomarse en cuenta es el ya señalado acerca de que no ha triunfado nunca ninguna revolución como producto de la estrategia de ninguna Internacional (incluso la Comuna de París, único triunfo revolucionario – efímero, pero triunfo al fin – durante la existencia de una Internacional – la Primera –, no fue producto de un plan que ésta tuviera al respecto; al contrario y como se ha explicado, el propio Marx planteó en su momento que un eventual alzamiento de los obreros parisienses estaba destinado al fracaso, aunque él y la Internacional de la que era figura central, apoyaron la Comuna una vez que dicho levantamiento hubo triunfado; más bien, el fracaso de la Comuna fue para la Internacional una herida mortal que la llevaría a su disolución). Sin embargo, debe reconocerse otra verdad histórica: que ninguna revolución de carácter u orientación socialista habría podido triunfar sin la existencia previa de la Internacional: la Revolución Bolchevique no se concibe sin el trabajo educativo y organizativo previo que a nivel del proletariado europeo en su conjunto (incluyendo el ruso, por supuesto) hizo la Segunda Internacional; la Revolución China difícilmente habría podido triunfar sin el apoyo recibido por la Internacional Comunista (a pesar de los errores cometidos inicialmente por ésta al dar orientaciones que ponían a los comunistas chinos a merced de sus adversarios mortales); incluso, la Comuna de París no habría tenido la importancia que tuvo como experiencia de lucha para las clases populares sin el análisis que de ella hiciera Carlos Marx, la figura más destacada de la Primera Internacional que además, destacó cuadros importantes en apoyo a los comuneros, quienes además fueron asesorados militarmente por Federico Engels, la figura más prominente de la Internacional después de Marx y quien poseía conocimientos de artillería que fueron de gran utilidad para prolongar la Comuna el tiempo suficiente que haría de ella una experiencia tan importante.

Anteriormente se exponía la diferenciación de las Internacionales, hecha por Alicia Sagra: la Primera Internacional fue un frente de masas, la Segunda una federación de partidos, y la Tercera un partido mundial. En la actualidad, el frente de masas que fue la Primera Internacional está presente (con sus propias particularidades y guardando las distancias de todo tipo, especialmente por lo diferente de la época) en el Foro Social Mundial; la federación de partidos que fue la Segunda Internacional está presente (aunque no a nivel mundial, sino continental y sin llegar a ser propiamente una federación, por tratarse más bien de una instancia para el intercambio y el debate más que para la coordinación en la acción, que por supuesto también se practica) en el Foro de Sao Paulo. Hace falta – hoy más que nunca, por las razones ya planteadas antes – el partido mundial de la revolución que fue la Tercera Internacional.
La experiencia de la Primera Internacional demostró la necesidad de una organización con métodos que permitieran una mayor efectividad en la acción, pudiendo decirse que en ella se pecó de democratismo (viéndolo en retrospectiva, pues debe tomarse en cuenta que eran apenas los inicios organizativos del movimiento revolucionario a nivel mundial y por tanto, no puede analizarse esto como un error en esa época, sino en todo caso como un déficit objetivamente determinado por la época). La Segunda Internacional puso en evidencia la necesidad de contar con una teoría política que indicara la manera mediante la cual debe organizarse la lucha revolucionaria; siendo dicha teoría elaborada por Lenin y, aunque ya no fue utilizada por una Internacional que decaía ante el reto de la historia (la Segunda), quedó como una herramienta invaluable en la acción revolucionaria posterior que sin embargo, fue aplicada de forma mecánica y sectaria por la Tercera Internacional luego de la muerte de su fundador. Un error notable de esta Internacional (la Internacional Comunista) fue el excesivo verticalismo en su seno, de modo que las decisiones tomadas por el conjunto de los partidos (por votación o incluso, a veces eran decisiones tomadas por el Partido Comunista de la Unión Soviética o para ser más claros, por Stalin) eran de obligatorio cumplimiento para cada uno de ellos, aunque se tratara de la situación concreta de un país específico y en el partido correspondiente prevaleciera una posición política diferente de la que era mayoritaria a nivel de la Internacional; lo cual además, no tomaba en cuenta el peso de cada partido en cantidad de miembros, influencia en la sociedad, etc.

En este sentido, la Quinta Internacional (la del período de la globalización y la del momento decisivo en el que debido a la crisis ecológica, si no triunfa esta vez la revolución socialista a nivel mundial la humanidad estaría llegando a su fin) vendría a ser – para su funcionamiento efectivo – en cierto modo, un término medio entre el partido mundial en el mismo sentido que lo fue la Tercera, y la federación constituida por la Segunda, siendo a la vez de cierta manera, ambas cosas. Pero al mismo tiempo – tomando en cuenta la importancia creciente del movimiento social (que será retomada más adelante) –, la Quinta tendría cierta similitud con el frente de masas que fue la Primera y con la diversidad de ésta, en aquel momento producto de que se daban apenas los primeros pasos organizativos del movimiento revolucionario a nivel mundial, y ahora como resultado de la búsqueda teórica originada en la crisis de la rigidez que caracterizó a la teoría revolucionaria oficialmente reconocida como tal, hasta el colapso del modelo social en cuyo contexto existió tal rigidez.

Al mismo tiempo, el programa de la Quinta Internacional tendría que ser producto de la experiencia no solamente exitosa, sino también fallida del socialismo precedente, tal como lo quiso ser sin lograrlo (posiblemente por la demasiado temprana muerte de su fundador, Trotsky) la Cuarta Internacional. En la línea de las denominaciones hechas por Trotsky de la Primera como de la anticipación, por Novack de la Segunda como de la organización, por Lenin de la Tercera como de la acción y en este artículo de la Cuarta como de la crítica, la Quinta Internacional sería de la organización, la acción y la crítica al mismo tiempo.

En concreto, esta organización internacional de partidos revolucionarios tendría el carácter de un partido revolucionario mundial con decisiones de obligatorio cumplimiento para sus integrantes; pero haciéndose una diferenciación entre las que sean de carácter internacional, las regionales y las que se refieran a la situación nacional de un país específico, aumentando la importancia de la posición política del partido o partidos del país o región (respectivamente) que corresponda, en tanto la situación tenga un carácter más local y menos mundial; de manera que por ejemplo, al tratarse de la situación específica de un país, no pueda adoptarse ninguna decisión con la que no esté de acuerdo el partido correspondiente, entre otras cosas porque tal decisión sería inaplicable.
De igual forma, todas las decisiones tendrían que tomarse por consenso y no por mayoría, para así evitar incoherencias entre el peso del voto y el de la organización política que lo ejerce, siendo por lo demás irrisorio establecer parámetros según los cuales el peso de cada organización determine el número de votos con que cada una cuente, a lo que debería agregarse que ese peso es cambiante y no siempre se está en condiciones de percibir el momento en que tal modificación tiene lugar. De modo pues, que esta propuesta podría considerarse como orientada hacia la mayor apertura posible en el marco de la necesidad de que exista un partido mundial de la revolución, que en aras de su efectividad debe incluir la disciplina como un principio en su funcionamiento. En otras palabras, en esta nueva Internacional se estaría combinando la máxima libertad con la máxima disciplina posibles, para lo cual el centralismo democrático como expresión de la teoría del partido de vanguardia, flexiblemente aplicado continúa siendo no solamente útil, sino indispensable.

La presencia de varias organizaciones de un mismo país obligaría a éstas a actuar juntas en lo que respecta a las líneas estratégicas internacionales, lo cual sería motivo para su acercamiento mutuo, incluso posiblemente hasta convertirse en una misma organización o cuando menos, a aliarse para efectos de la vida política interna del país al que pertenecen, pudiendo ser esto último una norma interna en el funcionamiento de la Internacional, que podría contribuir decisivamente a la unidad de la izquierda a nivel local y como consecuencia, también a nivel mundial. Sin embargo – y para que exista una coherencia mínima –, la(s) primera(s) organización(es) en incorporarse dentro de cada país debería(n) tener poder de veto respecto al ingreso de otra(s) organización(es) del mismo país. Lo que no parece razonable es la propuesta del escritor y periodista argentino Luis Bilbao, de que el órgano de dirección internacional esté integrado sólo (…) por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida, puesto que constituye una contraproducente (además de injusta) discriminación posiblemente en detrimento de la calidad de tal órgano de dirección.

Un asunto importante – en vista del creciente peso de los movimientos sociales como producto de la potencialmente revolucionaria decadencia de los partidos políticos en tanto expresión de la crisis del sistema político democrático representativo – sería el ingreso no solamente de partidos políticos, sino de organizaciones sociales; muchas de las cuales han asumido incluso, tareas políticas propias de los partidos de vanguardia, tal como es el caso del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil para la situación del sector rural en el gigantesco país sudamericano.
Un tema muy importante en relación con la cohesión de la nueva Internacional es el del vínculo de dicha cohesión con la diferencia entre lo político y lo ideológico. Luis Bilbao plantea que la Quinta Internacional debería caracterizarse por su heterogeneidad ideológica y su homogeneidad política,16 frente a lo cual habría que agregar lo siguiente: La heterogeneidad ideológica se tendría que asumir como el punto de partida para señalar la necesidad de un planteamiento ideológico común (la unidad nace de la diversidad), pues de lo contrario la Internacional sería una alianza para alcanzar objetivos mucho más transitorios y por tanto, mucho menos definitivos que los de una fuerza identificada con el objetivo estratégico (e ideológicamente común por sus alcances) de sustituir el capitalismo por el socialismo como paso intermedio para la construcción de una sociedad completamente justa y libre; igualitaria en lo social (luego de la transición socialista, equitativamente igualitaria); equitativa en cuanto al género y en lo generacional; ecológicamente sostenible; y suficientemente próspera en lo económico para garantizar las condiciones mínimas indispensables del bienestar material y espiritual, y no para la ecológicamente insostenible – y tradicionalmente aceptada por el marxismo manualesco – satisfacción de las necesidades crecientes, siendo válido en este sentido lo que Raúl Sendic identificaba como el aislamiento de las necesidades principales para su plena satisfacción;17 una sociedad en la que el ser humano actúe, trabaje y produzca bienes y riquezas motivado espiritual y colectivamente.

Estas son las premisas mínimas indispensables alrededor de las cuales pueden hacer causa común todos los revolucionarios del mundo (comunistas marxistas y de todas las tendencias posibles, socialistas revolucionarios, anarquistas, cristianos por la liberación del ser humano respecto a la enajenación del consumismo individualista, etc.); es decir, la heterogeneidad ideológica tendría necesariamente los mismos límites que existen entre revolución y reforma como objetivo programático final o lo que constituye para un movimiento político su razón de ser. En otras palabras, todas las organizaciones políticas y sociales que pertenezcan a la Internacional deberían identificarse entre sí en base a su compromiso común con la transformación revolucionaria de la sociedad o lo que es igual, la sustitución del sistema capitalista (basado en la explotación entre unos seres humanos y otros para la creación y concentración de riquezas en función de su acumulación por aquellos en cuyas manos se concentran) por el sistema socialista (basado en la colaboración entre los seres humanos para la creación y distribución de las riquezas en función de la satisfacción de las necesidades vinculadas con el bienestar material y espiritual de todos los individuos); pues es en función de esto que se plantea precisamente la necesidad de la acción revolucionaria común a nivel mundial en la época de la globalización y la crisis actual del capitalismo, en este último caso por ser esta crisis la del sistema que sería suprimido por la revolución.

Mientras por su parte, la heterogeneidad ideológica limitaría la homogeneidad política a ciertos temas que deben ser identificados bajo el método antes planteado de que en tanto más globales sean, más homogeneidad exista respecto a ellos y viceversa, en tanto su carácter sea más local, haya más heterogeneidad alrededor suyo.

La lucha revolucionaria como actitud ante la vida y la transformación revolucionaria de la sociedad como actitud ante la realidad social.
Quizás el cuestionamiento más importante que ha tenido el reciente llamamiento a la formación de la Quinta Internacional – sintomáticamente hecho por Hugo Chávez, líder del proceso revolucionario que ha servido de locomotora al actual auge de la izquierda en América Latina como parte de las condiciones favorables a un cambio revolucionario a nivel continental en un plazo más corto que largo en el único lugar del mundo donde existe un clima político favorable a la socialmente necesaria y ecológicamente urgente revolución mundial – ha sido que una Internacional debe ser resultado de un proceso de búsqueda y construcción de propuestas y no al contrario, y que por tanto no se puede hacer un llamado a organizar la Internacional y dejar que ésta se encargue luego de identificar las acciones comunes que puedan convocar a los revolucionarios del mundo, sino que es la identificación previa de estas acciones lo que debe servir como punto de partida para la conformación de la Internacional, en caso de que como producto de la identificación de dichos puntos, resulte la certeza de que ésta es necesaria.

La autenticidad de la actitud revolucionaria ante la vida y la realidad social se puede comprobar de dos maneras, e identificando en quienes se autoproclaman revolucionarios a uno de dos tipos de seres humanos, muy diferentes entre sí: una manera es identificar estos dos tipos de persona estableciendo la diferencia existente entre los que llaman a la lucha y la asumen, o acuden al llamado y luchan; y los que nunca luchan porque se la pasan “analizando” por qué lucharán, y por tanto lo mismo hacen con los llamados a la lucha: analizarlos, criticarlos, negarse a luchar y desmovilizar a los que acuden al llamado. Tal como dijo Fidel Castro hace más de cuarenta años (véase el encabezado de este artículo), quienes además de plantear que no es el momento de luchar o que la lucha planteada no es la correcta, utilizan este planteamiento como justificación teórica para negarse a luchar, a lo que están renunciando no es a un tipo de lucha revolucionaria, sino a la lucha revolucionaria misma.

La otra manera de medir la autenticidad revolucionaria es distinguir entre estos dos tipos de seres humanos en relación con el tema de las transformaciones revolucionarias y las reformas: tal como lo planteó Rosa Luxemburgo (en la frase igualmente plasmada al inicio de este trabajo), cuando el cambio revolucionario es declarado imposible o inviable, y producto de ello se asume el camino de las reformas en espera de un futuro lejano en el que quizás se puedan hacer los cambios o en el que como producto de las reformas, éstos se den como frutos maduros, a lo que se está renunciando no es a una manera de hacer la revolución, sino a la revolución misma que se plantea como objetivo el cambio de sistema, y las reformas dentro del sistema se convierten en el objetivo final de quienes pregonan este camino.

Quienes cuestionan el llamado a La Internacional hecho por Chávez y más aún, el indispensable plazo planteado para su instalación por los partidos de izquierda reunidos en Caracas en ese momento, quedan sin argumento alguno con sólo una pregunta: ¿quién se encargaría, en el esquema planteado por ellos, de esa búsqueda previa de acciones comunes o temas que identifiquen entre sí a las organizaciones de izquierda del mundo entero, para después – en caso de que se llegue a la conclusión de que es necesario – hacer el llamado a la Internacional? Esa búsqueda es necesaria, sin duda; pero primero debe definirse quiénes la harán. En el esquema de quienes nos identificamos con el llamado de Chávez y con la necesidad del plazo planteado por la urgencia de lo que debe hacerse al respecto, el llamado es precisamente a esa búsqueda; la convocatoria a la Quinta Internacional es en primer lugar, a la identificación colectiva de las acciones comunes y de las posiciones que identifiquen entre sí a todas las organizaciones revolucionarias y a los revolucionarios desorganizados del mundo para luchar juntos como única manera de que esa lucha triunfe en el mundo actual. Es decir, primero debe motivarse – y es eso lo que ha hecho Chávez – esa búsqueda consciente y común de quienes estando conscientes de la necesidad de hacerlo, de esta manera se reconozcan mutuamente y así, colectivamente hacer que surjan las ideas para darle forma concreta a la existencia de algo tan grande y tan importante, y que por eso mismo es imposible de lograr sin ese impulso previo, sin ese entusiasmo y esa acción colectiva previos, cuya primera gran meta deberá ser, por consiguiente, convocarse; reunirse; identificarse mutuamente. Que es para lo que se ha planteado como plazo el mes de abril del presente año; es la única manera de acudir en tiempo y forma a globalizar la lucha y la esperanza, actual equivalente del viejo llamado de Marx y Engels a la unidad de los proletarios, hecho ahora desde el Foro Social Mundial, pionero formidable de la Quinta Internacional o por el contrario – es decir, de no llegar ésta a existir –, una forma muy ingeniosa del sistema para entretener en conversaciones consigo mismos y desahogos interminables a quienes pretenden cambiarlo o creen querer hacerlo, precisamente para que ese entretenimiento se lo impida. No esperemos más, compañeros: revolucionarios del mundo, UNÁMONOS. Último aviso.

Fuente:
http://larepublica.es/firmas/blogs/index.php/carlosfonseca/2010/01/05/hacer-la-revolucion-como-un-deber

Una respuesta to “Hacer la Revolución como un deber”

  1. Daniel Guerra Says:

    “¿Qué tienen que ver Bolívar y el socialismo?” Me preguntaba un lector anónimo refiriéndose al artículo La V Internacional ha nacido, publicado en “Kaos en la Red” el 3 de diciembre de 2009. La pregunta no es baladí, si tenemos en cuenta que ésta se formula desde Europa, donde la lucha de clases parte de diferentes tradiciones revolucionarias y culturales que en el continente americano.

    En la vieja Europa, Marx ha sido prácticamente expulsado de todas las organizaciones obreras tradicionales para ser en unos casos abjurado, vilipendiado, calumniado y tergiversado, y en otros, utilizado como un icono muerto, vaciándolo de contenido y citándolo sólo a nivel verbal. En tanto que la clase obrera asiste expectante a los acontecimientos revolucionarios que ocurren en Latinoamérica, donde discursos y proclamas anticapitalistas consiguen burlar la censura extraoficial de nuestros medios de comunicación oficiales. Al mismo tiempo se publican, hábilmente tergiversadas por la prensa burguesa, noticias e imágenes de movilizaciones masivas para detener golpes de estado y defender gobiernos antiimperialistas, a la vez que se perciben los ecos de un acontecimiento histórico: la futura fundación de la V Internacional.

    A pesar de las distancias y los obstáculos que han de salvar los trabajadores europeos para tener una visión objetiva de la realidad de ultramar, pueden reconocer en sus hermanos americanos el mismo arrojo y entusiasmo con el que ellos, en el pasado, luchaban contra el fascismo o protagonizaban revoluciones. Probablemente uno de los elementos que provoca más desconcierto y extrañeza en las filas de la clase obrera europea sean esas banderas bolivarianas con las que a la mayoría les cuesta todavía sentirse profundamente identificados. Tarde o temprano tomarán consciencia de que, más allá de la solidaridad de clase desde la distancia, se trata de la misma lucha que se manifiesta en diferentes formas.

    Es indudable que a los agentes del capitalismo no se les ha escapado este detalle aunque todavía no atinan en analizar este fenómeno ni se percatan en profundidad de los nexos que unen a las figuras de Marx y Bolívar, no tanto en sus personas sino en lo que representan. Igualmente habrán apreciado paralelismos en el ardor de la lucha contra el imperialismo, así como en la ilusión por construir un mundo mejor, más libre, justo e igualitario que existe tanto en los movimientos bolivarianos como en el corazón de cualquier obrero marxista del mundo.

    Así, el imperialismo ya está desengrasando toda su maquinaria propagandística con el fin de distanciar a los movimientos anticapitalistas de ambos continentes hasta incomunicarlos. En consecuencia, es una tarea revolucionaria revelar a la clase obrera europea no tanto quien era Simón Bolívar, sino el símbolo que su figura representa para los pueblos de Latinoamérica. Asimismo, es imprescindible —a las puertas de la fundación de la V Internacional— tratar de recuperar en Europa nuestras más sanas y combativas tradiciones de lucha e intentar comprender todos los elementos y tradiciones revolucionarias que nos unen y nos separan del continente americano, con el objetivo de acercarnos, superando nuestras diferencias para unirnos en la lucha por el socialismo.

    Las tradiciones revolucionarias de la clase obrera europea tienen su origen en la lucha por la emancipación del proletariado, siendo el punto de partida la Comuna de París. En cambio, en la América colonial no podían comenzar de otra forma que con la lucha de las colonias por su liberación nacional y contra la esclavitud; no sólo en América del Sur o del Centro, sino que también en Norteamérica. No en vano, la brigada internacional de voluntarios estadounidenses que lucharon contra el fascismo español fue la célebre Brigada Lincoln, en memoria del presidente estadounidense que abolió la esclavitud y unificó los estados del Norte y del Sur en EE.UU. No hay que olvidar al movimiento obrero norteamericano, con una larga tradición de luchas sindicales, especialmente cuando al nombrar al imperialismo americano no se cae en la cuenta de diferenciar la burguesía imperialista de los trabajadores que sufren y viven bajo su tiranía.

    Entre aquellos a los que más les cuesta llegar a estas conclusiones, tenemos, por un lado, a los que se denominan a sí mismos “ortodoxos” del marxismo y, por el otro, a los reformistas; dos síntomas diferentes de la misma enfermedad: la estrechez mental. En cuanto a los primeros, se les otorga el mérito de haber mantenido vivo el legado de Marx, Engels, Lenin y Trotsky, aunque sólo sea porque gracias a éstos los escritos de los clásicos del marxismo no se han extinguido. Estos “ortodoxos” sobreviven hasta el día de hoy, alejados de las masas, diseminado en grupos minoritarios como pequeños partidos, ligas, movimientos “refundacionistas” o “reconstruccionistas”, coaliciones, agrupaciones, corrientes y tendencias que se autoproclaman en cada caso las auténticas herederas de la IV Internacional.

    No obstante, esta clase de marxistas, escindidos cientos de veces entre sí en aras de su puritanismo por desavenencias fútiles —como es el caso de la definición del estado soviético, asunto que el capitalismo se encargó de resolver dando la razón a las predicciones de Trotsky— no han conseguido sino caricaturizar al marxismo. El contenido de los libros que difunden es para la mayoría de ellos un secreto guardado bajo un cerrojo de siete llaves, ignorancia que se disfraza de erudición a través de la memorización sistemática de los textos sin llegar a comprender las ideas y, obviamente, sin ser capaces de desarrollarlas y aplicarlas adaptándolas a cualquier contexto. Pero eso sí, sus voces se tornan roncas proclamando su legado histórico como si por gritar más alto fueran a ser más marxistas. Los clásicos del marxismo son textos fundamentales para una Internacional. ¡Agradezcámosles, pues, la conservación de estas obras y bebamos de esas fuentes para construir una V Internacional lejos de sectarismos!

    El dogmatismo que comparten la miríada de sectas en que se dividen estos grupos ha originado un proceso de fosilización de ideas, principios y métodos que ha convertido a la mayoría de marxistas en antimarxistas, dado que el marxismo se basa en el materialismo dialéctico y según sus leyes, en la naturaleza todo fenómeno fluye; es decir, se encuentra en constante movimiento. Por lo tanto, es normal que lo que ayer no formaba parte de nosotros, hoy se incorpora en una evolución dialéctica, de la misma forma que la química incorpora a la alquimia cuando la física descubre que es posible la transmutación de los metales. Entonces, ¿por qué no incorporar las banderas bolivarianas cuando las masas que las o­ndean, al igual que el marxismo, buscan la unión de los pueblos para construir una sociedad más justa? Así pues, es misión del marxismo dirigirse a estas masas y dotarlas de un programa revolucionario.

    “¡Esto es inadmisible!” Gritarán airados los antimarxistas. “¡Marx dijo que Simón Bolívar era el canalla más cobarde, brutal y miserable!” Exclamarán escandalizados los puritanos. Y puesto que Marx escribió contra Simón Bolívar, serán incapaces de ver más allá de lo que les dicta su dogma de fe, dado que para ellos, lo que no está escrito por las autoridades del marxismo, simplemente no existe; y en cambio, lo que está escrito, es inamovible. Consecuentemente, ante un fenómeno como el bolivarismo, ni los marxistas “ortodoxos” de las “Cuartas Internacionales” ni los reformistas disponen de medios para entender qué relación existe entre Marx y Bolívar. Son, por lo tanto, incapaces de efectuar un análisis correcto, o más bien, incapaces de efectuar simplemente un análisis. La prueba de ello está en que aún no se ha pronunciado nadie al respecto, pese a que en América Latina es un hecho constatado que los mismos que portan banderas bolivarianas, a menudo hablan de marxismo. Ni que decir cabe que esta negligencia por parte de los teóricos representa un caldo de cultivo que tarde o temprano aprovecharán los expertos en el arte de la confusión para sembrar el desentendimiento. Reformistas y “ortodoxos” carecen de un método dialéctico. Los primeros nunca lo han adquirido, mientras que los últimos lo han perdido con la momificación de las ideas.

    Volviendo a Latinoamérica y a sus tradiciones revolucionarias, se observa que a lo largo del siglo XX se han producido alzamientos y guerrillas con nombres tan propiamente americanos como sandinismo o zapatismo, casi siempre acompañados de conceptos como “Patria” y “Liberación Nacional”. Estos fenómenos, tanto a los obreros europeos como a los puritanos del marxismo, se les antojan exóticos, aunque estos últimos no reparan en que el propio Lenin escribió en relación a las particularidades del término “bolchevique” —cuyo significado en ruso es “mayoritario”— para designar a un partido revolucionario. En cuanto al bolivarismo, existe el problema añadido de las críticas anteriormente mencionadas por parte de Marx al libertador de América Latina, circunstancia que tampoco ha ayudado mucho al entendimiento mutuo entre ambos continentes.

    Los escritos que Marx redactó por encargo sobre Simón Bolívar se basaban en referencias, textos de terceras personas y contactos indirectos. América y Europa eran continentes muy alejados entre sí en la era de los barcos de vapor, y Marx no contaba con los medios adecuados para hacer una valoración efectiva, en tanto que las monarquías europeas, aterradas por la personalidad de un individuo capaz de movilizar a medio continente, pusieron en marcha toda la maquinaria propagandística necesaria para arrastrarlo por el fango incluso a nivel personal, calumniándolo y presentándolo como una especie de ególatra que trataba de emular a Napoleón, de forma muy similar a como se presenta a Hugo Chávez en muchos medios de comunicación.

    Sin embargo, la realidad de Bolívar era la de una burguesía revolucionaria, a diferencia de la burguesía de hoy, históricamente caduca, reaccionaria y contrarrevolucionaria, que pretendía emular en tierras americanas la Gran Revolución Francesa de 1792. Para eso se precisaba de la construcción de estados nacionales. A diferencia de los ideólogos y dirigentes de las revoluciones burguesas europeas, Bolívar se avanzó a su tiempo y logró superar las barreras de su contexto. En una anticipación histórica, sobrepasó el estado nacional, no sólo liberando territorios de las colonias, sino tratando de unificarlos en una gran alianza americana.

    A pesar de sus sueños de libertad y de su lucha por la unificación de todo el subcontinente, la tarea de superar y abolir el estado nacional no estaba destinada a la única fuerza social en la que se podía basar Bolívar, la burguesía criolla, sino al proletariado revolucionario. Por la misma razón encontró fuertes resistencias a sus intentos por abolir la esclavitud, fuente de importantes beneficios para los sectores oligárquicos y terratenientes de la época.Bolívar liberó en primer lugar a los esclavos de su propia hacienda, y más tarde trató de promulgar leyes abolicionistas que no siempre fueron aprobadas. Incluso se atrevió a confiscar haciendas para liberar a cuantos esclavos había en ellas. En 1819 llegó a pronunciar en el Congreso de Angostura: “Yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República”. En la Constitución de la República de Bolivia, aprobada en el año 1826, el Libertador redactó en el artículo 10, ordinal 5, su idea de la abolición de la esclavitud en los siguientes términos: “Todos los que hasta el día han sido esclavos, y por lo mismo quedarán, de hecho, libres en el acto de publicarse esta Constitución.”

    En la teoría de la Revolución Permanente, León Trotsky analizó que allí donde la burguesía nacional no fuera capaz de realizar las tareas propias de una revolución burguesa, el proletariado podía y debía saltarse esta etapa previa para pasar directamente a una revolución obrera, llevando a cabo las tareas de la revolución burguesa y las de la revolución obrera al mismo tiempo. Para ello era imprescindible la existencia de una burguesía nacional débil, incapaz de desarrollar los medios de producción y de llevar a cabo las tareas necesarias de su propia revolución.

    Además, Trotsky expuso que estas circunstancias por sí solas no eran garantía de éxito, a no ser que esta revolución se extendiera como la pólvora a otros países más industrializados, puesto que son los únicos que tienen la mano de obra y los medios para desarrollar y gestionar el socialismo, tal y como Marx teorizó. No obstante, Lenin y Trotsky contaban con la certeza de que las revoluciones son contagiosas, existiendo periodos de condensación de las contradicciones sociales. La Historia demostró que no se equivocaban, pese a que los movimientos revolucionarios que recorrieron Europa poco después no llegaron a consolidarse y la revolución bolchevique quedó aislada en un territorio mayoritariamente atrasado, hasta su total degeneración burocrática.

    En cambio, en la América de Bolívar, el panorama era muy diferente. Lejos del mundo industrializado, era aún muy temprano para que en algún lugar de América se alzara alguien contra el capitalismo y la sociedad dividida en clases. Aún en ese contexto, Simón Bolívar, libertador de los pueblos de la tiranía del imperialismo de la metrópolis y ferviente antiesclavista, fue sin duda el primer gran luchador antiimperialista.

    La Historia no le puede pedir más a Simón Bolívar. Marx explicó que un sistema no se derrumba hasta que no ha desarrollado al máximo todas sus fuerzas productivas, y queda claro que ése no era el caso de la América pre-industrial. La burguesía aún tenía que librar su batalla de liberación nacional, superar las limitaciones de un sistema económico semifeudal y desarrollar todo su potencial. La situación de Bolívar nada tenía que ver con la que se encontraron Lenin y Trotsky casi un siglo más tarde en la Rusia atrasada de los zares.

    Por otro lado, es importante señalar que para la memoria colectiva de cualquier ciudadano de cualquier parte de América Latina, Bolívar no fue un simple libertador, él es “el Libertador”, un elemento común propio de los pueblos de Latinoamérica, símbolo de la emancipación de los oprimidos, que comparten todos por igual por encima de fronteras nacionales ¡Hay de aquel que pretenda derribar las estatuas que se erigen con su figura en plazas y calles de todo el subcontinente! Su gesto triunfal, a pie o a caballo, recorta el horizonte de villas y ciudades, arrastrando tras de sí, con arrojo y empuje, mareas de masas que claman por las libertades de su pueblo.

    Una vez que Bolívar hubo cumplido con su destino histórico llegando un poco más allá, sobrepasando los límites de su tiempo y de su contexto, Marx y Engels recogen el testigo. Éstos acometieron posteriormente la tarea de analizar científicamente el papel del proletariado para lograr la liberación de la tiranía imperialista ejercida por la clase dominante de su propio estado-nación.

    Ahora, una de las tareas primordiales para la fundación de una V Internacional, es comprender y explicar que de la abolición de la esclavitud a la emancipación del proletariado, de la unión de los estados latinoamericanos al internacionalismo, y en definitiva, del bolivarismo al marxismo, no hay más que un paso en el camino hacia el fin de la explotación del hombre por el hombre. Una vez divisada la conjunción Bolívar-Marx como símbolo de la unión internacional de la izquierda revolucionaria de ambos continentes, la lucha pendiente es conseguir que esta unión no se haga de forma eclécticamente estéril, sino dialéctica, incorporando en una misma Internacional las tradiciones revolucionarias de ambas culturas y superándolas con la finalidad de forjar una herramienta de lucha cualitativamente superior a sus precedentes: La V Internacional.

    Daniel Guerra
    http://www.kaosenlared.net/noticia/v-internacional-bolivar-marx-camino-hacia-revolucion-socialista

    http://www.facebook.com/group.php?v=wall&ref=mf&gid=219671889383

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